Semana Santa – Llegada a Betania (Año de la Fe)

¡Volvemos!

Señal hacia Jerusalén

Me imagino ésta semana histórica en la que Jesús llegó a Jerusalén para culminar su estancia en la tierra; he vivido algunas misiones de Semana Santa, donde todo es un torbellino -aunque en paz- de actividades, idas y venidas y grandes aprendizajes, con toda la comunidad involucrada.

Vemos en el Evangelio según San Juan cómo Jesús recalca los mensajes que vino predicando los 3 años de Su vida pública en su última semana antes de la Pasión.

Quisiera reflexionar en el órden que fueron sucediendo las cosas en esa semana histórica, con Jesús llegando a Betania el domingo antes de su resurrección (en el que celebramos la Procesión de Palmas o Ramos) a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro (a quién había resucitado alrededor de un año antes).¡Qué gran dicha de tenerlo como huésped y recibirlo en mi casa y cenar con Él!

María de Betania unge los pies y cabeza de Jesús

Mientras cenaban, María de Betania sacó su “joyita”, un perfume de nardo puro, (que a “ojo de buen cubero” valdría alrededor de tres a cuatro mil dólares de hoy) y le ungió los pies, y los secó ¡con su propio pelo!

Tras la queja de Judas Iscariote, que reclamaba por no vender mejor ese perfume para darle el dinero a los pobres, Jesús responde que siempre tendrán a los pobres, pero que ya a Él le quedan pocos días, y aclara más la cercanía de Su Pasión al decir «déjala que lo guarde para el día de mi sepultura».

El Santo Cura de Ars decía al referirse a los objetos sagrados: “En las cosas de Dios hay que gastar lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste”, y estoy seguro que tenía este pasaje en mente al decirlo.

Si esto lo llevamos a nuestra vida, vemos que sí hay que dedicarle a los demás nuestro tiempo y esfuerzo, pero a Dios hay que darle nuestra “joyita”, nuestra oración para estar junto a Él y lo que más nos cueste cada día para ungir sus pies.

Mañana veremos la procesión a Jerusalén sobre el burrito y las palmas que sostenían sus seguidores mientras lo vitoreaban.

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Visitación — Evento Jesús (año de la fe)

Fresco de la Visitación, Iglesia de la Anunciación (Ain Karem, Israel)

Cuando el ángel le anunció a María que iba a embarazarse, también le dijo que su prima, Isabel (que era estéril) estaba en su sexto mes de embarazo, María fue a visitarla a un poblado cercano a Jerusalén, hoy conocido como Ain Karem.

Panorama de Ain Karem (Israel)

Panorama de Ain Karem (Israel)

En su viaje de Nazareth a Ain Karem, María tuvo tiempo de preparar lo que era la costumbre, un gran saludo, igual o mayor que el que te dirigían, por lo que ante el espontáneo «bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» de Santa Isabel, la Virgen respondería con el Magnificat.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahám y su descendencia por siempre.

Hoy en día, en la Iglesia de la Visitación, hay un jardín con placas que dicen ésta oración en cada uno de los idiomas.

Iglesia de la Visitación, Ain Karem (Israel)

Iglesia de la Visitación, Ain Karem (Israel)

Se podría pensar que pudo haber ido a reafirmar el mensaje del ángel, al confirmar el embarazo de su prima, o también como caridad al ir a cuidarla, pero independientemente, estuvieron unos meses juntas, ambas embarazadas, y al volver a Nazareth, María volvió con la pancita.

No me mueve, mi Dios, para quererte

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Si bien ésta oración no ha causado nada nuevo en mi vida, sí expresa mi sentir y mi pensar. Para mi, ésta oración había sido un tesoro desconocido, que al mencionarla, muchos ya la conocían.

De autor desconocido a ciencia cierta, es atribuída -entre otros- a Santa Teresa de Ávila,  y algunos la atribuyen a San Juan de la Cruz, ambos grandes pensadores españoles.

Ofrecimiento del día

Al despertar, quizás nos persignemos unos, quizás “ofrezcamos” nuestro día, quizás recemos los laudes o alguna oración matutina.

Detengámonos un momento a pensar: ¿qué es ésto de “ofrecer” el día? ¿Qué es ofrecer cualquier cosa? ¿Qué esperarías si alguien te ofrece algo?

De boca de un médico, hoy he descubierto que el ofrecimiento del día realmente es una entrega total, no un mero direte. Te ofrezco mi día, Señor (entiéndase “Dios mío: ten este día, guíame para estar donde me quieres, hacer lo que quieres y/o necesitas que haga y acompáñame en cada instante”), ofrecimiento que conviene renovar a través del día. Así, si la cabeza hierbe o nos llega una preocupación, podremos mirarle a los ojos, regresarle la sonrisa, y encarar, a vista suya, ese nuevo conflicto.

Evitemos “ofrecer” nuestro día como muchas veces decimos “a ver si un día de estos nos vemos” al encontrarnos con

algún conocido en la calle, meramente por compromiso social, sin siquiera creer posible otro encuentro casual—mucho menos programado. Siguiendo este ejemplo, consigamos los teléfonos, saquemos agenda y programemos a corto plazo el cuando y dónde.

Igual de importante es analizar en la noche cómo nos fue en el día, si cumplimos lo que nos propusimos al principio del día: vivirlo de cara a Dios, y analizar nuestras fortalezas para buscar cómo aplicar los talentos que tienes, cuales son nuestras debilidades y poner en marcha un plan para superarlas.