«¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? — Encuesta»

El sábado me recomendó un sacerdote Oblato de San José que leyera el libro «¿Por qué me hice sacerdote? – Encuesta» de la editora Sígueme, escrito por Jorge y Ramón María Sans Vila. Mientras que aún no lo he encontrado, encontré éste pequeño extracto en Internet, que me encantó, tanto el contenido como la forma, por lo que se los quiero compartir (original encontrado en http://www.pastoral-vocacional.org/hojas_vocacionales/176.html).

Hans Urs von Balthasar

Hans Urs von Balthasar
Murió dos días antes de recibir el capelo cardenalicio.

¿Por qué me hice sacerdote? No podría decirlo.
Yo no quería en realidad hacerme sacerdote.
Ha resultado así.

En las instrucciones para la elección de estado, san Ignacio distingue «tres tiempos para hacer sana y buena elección»: «el primero es, cuando Dios nuestro Señor así mueve y atrae la voluntad que, sin dudar ni poder dudar, la tal ánima devota sigue a lo que es mostrado, así como san Pablo y san Mateo lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor».

Ahora se ha difundido, no sé como, la opinión de que ese «primer tiempo» es algo que sólo se da a las «almas superiores», mientras que las almas ordinarias deben contentarse con el segundo o más bien con el tercero donde todo depende de leves consolaciones o simplemente de reflexiones racionales.

Pero se pueden también considerar las cosas de otra manera, y esto es lo que hace el mismo san Pablo cuando rechaza toda participación en el mérito de su vocación apostólica: «El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el evangelio, anunciándolo de balde» (1 Cor 9, 16-18).

El que elige el sacerdocio según el «tercer tiempo», lo ha elegido por si mismo y ha podido considerar las razones por las cuales lo hace: ha medido por adelantado la altura de los valores a conseguir, la hondura de su propia indignidad, el carácter urgente de la llamada y la gracia que le atrae- Ha llegado a las puertas del seminario tras una evolución que le ha llevado interiormente a cierta madurez, a cierto conocimiento experimental.

Pero Leví, al levantarse de su mesa de recaudador, a la señal del Señor, es ignorante como un recién nacido. No sabe qué le ocurre.

Y el sabio rabino a quien derribó del caballo el rayo de la gracia, reconoce su ignorancia: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

Y así podría parecer que el «primer tiempo» es precisamente para los tontos del todo, y desde luego para aquéllos a quienes les va mejor no examinar nada de antemano ni gloriarse por ninguna actuación propia.

Ambos autores, Mateo y Pablo, adquirirán después mucha «gloria» por sus acciones, pero para empezar ha habido en ellos una radical humillación. De la nada no sale nada. Esta escueta experiencia personal de Pablo ha terminado por constituir toda su doctrina, por lo que toca a obras y gracia, ley y evangelio; y análoga fue también la experiencia de Mateo, que le permitió confrontar Antiguo y Nuevo Testamento con inexorable y afilada claridad. Hoy, al cabo de treinta años, podría volver a encontrar, en aquella vereda intrincada de un bosque, en la Selva Negra, cerca de Basilea, el árbol junto al cual sentí como un relámpago.
Era yo estudiante de germanística y seguía un curso de ejercicios de mes para estudiantes seglares. En aquel ambiente se consideraba realmente como una desgracia que alguien desertara para ponerse a estudiar teología.

Pero no fue la teología ni el sacerdocio lo que me entró por los ojos, sino simplemente esto: no tienes nada que elegir, has sido elegido; no necesitas nada, se te necesita; no tienes que hacer planes, eres una piedrecita en un mosaico ya existente.

Sólo tenía que «dejarlo todo y seguir», sin intenciones, deseos, expectaciones; sencillamente quedarme quieto, esperando a ver en qué me usaban.
Y así ha sido desde entonces.

Pero si pensara que Dios me ha instalado en una seguridad, dotándome de una misión especial, en cualquier momento podría hacerse evidente que Él es libre para cambiarlo todo de arriba a abajo, aun contra la opinión y costumbres de su instrumento.

Lo único sorprendente es que esta ley de vida, que rompe y que rompiendo cura (como el hueso de la pierna de san Ignacio), se me presentara tan inmediatamente como consigna invisible de vida.
Posiblemente lo mismo le pasaría al impaciente Saulo.
¿Qué tiene que ver todo esto con el sacerdocio?
Quizá nada, y quizá mucho.

Quizá nada, porque si entonces hubiera conocido la vida de los institutos seculares, acaso hubiera considerado posible la solución dentro del trabajo secular.

Pero quizá mucho, porque hay una Providencia que me llevó derecho al sacerdocio. Y que al prepararme para la ordenación sacerdotal, me hizo comprender que el sacerdocio era exactamente esa manera de estar disponible, esa prontitud para dejarme llevar de cualquier modo al servicio de Dios y de su Iglesia.

Y así se me ocurrió poner atrevidamente en el recordatorio de mi primera misa estas palabras del canon romano (comprensibles para pocos de los lectores, y durante mucho tiempo escasamente transparentes para mí mismo en sus consecuencias): «Benedixit, fregit, deditque» (bendijo, partió, dio). Entonces me pareció esto un modo discreto de asumir la parte del criado en la parte del Señor, sin que nadie tuviera que fijarse en mí.

— Más extracto, ahora el comentario del autor del libro sobre lo que acabamos de leer:

Después de publicar «Cómo ve usted al sacerdote. Qué espera de él», me lancé a preparar otra encuesta, preguntando a medio centenar de europeos por qué se habían hecho sacerdotes.
Trece meses, entre 1958 y 1959, que viví a la espera diaria del correo.
El primero en llegar fue el testimonio del cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia. Breve, sencillo, cordial.
El segundo, mucho más largo y cercano, fue el de Mons. Jesús Iribarren.
El tercero vino de Suiza. Lo firmaba Hans Urs von Baltasar.
A continuación ocho líneas del cardenal Herrera, 20 páginas estremecedoras de Jacques Leclercq (hoja 365-367), Aimé Duval (180), Michel Quoist (341-342)….
Según iban llegando las 54 respuestas se las iba leyendo a mis alumnos del seminario de Barcelona.
Recuerdo que la de Von Balthasar —«quizás el hombre más culto de nuestro tiempo, cuya obra teológica es de proporciones inmensas y de tal profundidad como la Iglesia no conoce ninguna otra en nuestra época», son palabras del P. Lubac— nos dejó fríos. Su reflexión teológica con sólo escasas referencias autobiográficas contrastaba excesivamente al lado del calor y los detalles anecdóticos de un Iribarren o un Leclercq, un Duval o un Quoist.
Lo que Von Balthasar dice a propósito del lema que escogió para el recordatorio de su primera misa —comprensible para pocos de los lectores, y durante mucho tiempo escasamente transparente para él mismo— inicialmente vale para su respuesta también.
Temo que más de un lector la haya leído, no sé si toda, apresuradamente.
Me atrevo a pedir, por favor, que la lea entera, de nuevo. Despacio. Una y otra vez.
(Para facilitar la comprensión del original germánico, escrito con sólo tres puntos y aparte, presento la traducción con muchos espacios en blanco).
Han pasado más de veinte años desde que leí por primera vez este testimonio.
En honor de la verdad he de decir que actualmente considero este texto uno de los más valiosos. E imprescindible su lectura para contrarrestar nuestro empecatado psicológico antropocentrismo.

J. S. V.

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No me mueve, mi Dios, para quererte

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Si bien ésta oración no ha causado nada nuevo en mi vida, sí expresa mi sentir y mi pensar. Para mi, ésta oración había sido un tesoro desconocido, que al mencionarla, muchos ya la conocían.

De autor desconocido a ciencia cierta, es atribuída -entre otros- a Santa Teresa de Ávila,  y algunos la atribuyen a San Juan de la Cruz, ambos grandes pensadores españoles.